No quiero morir sin antes
Haberte impuesto como una ciudad entre los hombres.
Jorge Gaytán Durán
Nunca he sentido especial inclinación por las campesinas. El amor rústico me parece tan inverosímil como el amor por el ganado, los muertos o las cuentas bancarias. Para mí, el erotismo ha de ser necesariamente urbano. Me gustan las mujeres educadas, limpias, cultas, perfumadas, libres, depiladas, peinadas, experimentadas, acicaladas, así caladas. Es cierto que sólo una mujer que sabe vestirse bien puede saber cómo desvestirse bien, pero se trata, en realidad, de mucho más.
En el ejido es desde luego posible la sexualidad, pero difícilmente el erotismo, e imposiblemente el amor. Estos dos últimos requieren de imaginación, y el amor además necesita de libertad (lo que implica la más completa emancipación de la mujer y las más grandes posibilidades de elección, con ere). Por eso vinculo el vital ejercicio del amor y el agotador ejercicio del erotismo con la ciudad.
A riesgo de pecar, digo, de pecar de esquemático, debo decir que el campo siempre ha sido un escenario que se nos impone, con piedad o con alevosía, por el destino o por la historia. Pero la ciudad no nos la impuso nadie: la inventamos nosotros mismos. La ciudad es una construcción de los hombres, de la misma forma que el campo es una creación de Dios o de la Naturaleza. Por eso la vida responsable sólo puede ser la vida urbana, porque de la ciudad somos responsables, mientras que del campo sólo somos testigos o enemigos. (Desde luego, algunos ven a la ciudad como si ellos no tuvieran nada que ver con su construcción: lo cual es tanto como autorizarse a sí mismo a vivir irresponsablemente. Pocas cosas tan patéticas como un campesino que quiere hacerse pasar por un civil. O tan exasperantes como una ciudad dominada por aldeanos.)
Repitamos lo dicho: la mujer y el hombre de la ciudad son la condición ideal mínima del erotismo, y la mujer y el hombre del campo (y en caso de apuro, también la oveja) bastan para la mera sexualidad. Porque la sexualidad nos fue impuesta, como la herencia, como la tradición, como los usos y costumbres, como el campo, pero del erotismo (y de la ciudad, y del amor, y de nuestra verdadera educación) somos responsables nosotros mismos. La ciudad es el espacio de la libertad, y el amor su más excitante consecuencia.
Estos razonamientos, tomados por así decir de Perogrullo, pueden llevarnos a otros menos machacados. Desde luego, el hombre de la ciudad puede comparar a la mujer con el trigo o con la montaña o con el río, pero esas comparaciones son solamente producto de la misma libertad, cuya amplitud incluye su propia negación (como vemos todos los días, con el constante llamado a la rebelión y a la disolución social, garantías del fin de la libertad, al amparo de la propia libertad). Acaso haga más sentido comparar a la mujer erótica con la plaza, la torre, la iglesia, el mercado, la luz eléctrica, el jardín o el elevador. (El jardín es, desde luego, un fenómeno urbano: los campesinos no tienen jardines, sino terrenos, y en cuanto al elevador, ¿quién no siente siquiera un ligero cosquilleo al escuchar que éste se detiene en el mezzanine?)
Desplazémonos lateralmente un poco más lejos (aunque el elevador, en estricto sentido, no nos lo permita). Si hay dos estados posibles para el ejercicio de la sexualidad, uno rural y otro urbano, también hay dos maneras de relacionarse con la mujer: una forzada, otra libre. Esta disyuntiva persiste en todos los ciudadanos que se hacen adultos: la mujer impuesta o la mujer elegida: la madre o la esposa: la rural o la urbana. El erotismo y el amor adulto requieren, incluso para los multiculturalistas de la ENAH, una emancipación de la madre, del llano, de la herencia, de la tradición, es decir, una emancipación de la fatalidad. Y de la misma forma en que es triste la perspectiva de bellacos y niños grandotes habitando la ciudad con sus vulgares y estadísticas costumbres, los mentecatos que vivan su relación con la mujer como si se tratase de su relación con la madre, truncan el amor y manchan su buen nombre. Porque la madre es necesidad, biología, atavismo, aceptación, naturaleza, pura imposición; pero el amor es imaginación, liberación, conocimiento, rebeldía, artificio, pura invención. El amor es una construcción espiritual, y no una inevitable consecuencia lógica, biológica o antropológica.
Vivir en la ciudad como si uno no fuera responsable de ella, es tan estúpido como relacionarse con la mujer como si se tratase de una imposición.
Acaso no queda más remedio que admitir, en un país tan agreste como el nuestro, que el amor es un fenómeno elitista, puesto que solamente crece en las personas que dejan de ser una manifestación cultural, una estadística, una herencia, una expresión, una consecuencia, una necesidad, un pueblo, una estirpe, una identidad fija, una raza. Quizá sea por esto que, según dicen, el amor fue un invento europeo: porque nunca hubo un ser europeo (como sí hay, por decir algo, un ser mexicano o francés), sino una idea espiritual de Europa.
Stevenson escribió que si solamente se casaran las parejas que están enamoradas, demasiadas personas quedarían solteras. Lo cual no deja de ser una estadística. Como sea, independientemente de su origen, su clan, su madre, su herencia, su necesidad, toda persona puede entrenarse para el amor habitando con libertad en la ciudad.
He aquí una razón más para defender la construcción de ciudadanos y abominar de la masa de víctimas.
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