domingo, mayo 25, 2008

El alcohol de los días

Mi primer contacto con el sabor del alcohol se lo debo a “esa roja metáfora de la sangre de Cristo”, es decir, al vino tinto. En la casa en la que pasé mi infancia, no recuerdo que se haya servido vino ni ningún otro licor jamás, pero en alguna ocasión remota, en una comida casi tumultuosa, en el jardín de no puedo saber quién, un señor ya mayor, quizá un muchacho de 20 años que entonces me parecía a mí un señor ya mayor, me pidió que me acercara a su mesa para que probara el vino y diera mi opinión. Otros adultos amigos suyos reían pero yo obedecí; tomé la alta copa de cristal y sin temor ni convicción, le di un gran trago al vino. En mi opinión era asqueroso, pero fue inolvidable. Como beber un concentrado de óxido y lento fuego. Además, había algo tan extraño en que un señor adulto me pidiera mi opinión respecto a cualquier cosa, que intuí que debía guardar silencio sobre el episodio. Fue como si, a mis seis o siete años, ya hubiera pecado con el alcohol.
Mi padre no bebía ni una gota. Cualquiera hubiera dicho que era un ex-alcohólico o que era hijo de un alcohólico o que tenía motivos personales de sobra para odiar el alcohol; sólo era un fanático (de la salud). Pero recibía, cada fin de año, invariablemente, una caja con botellas de whisky que simplemente se dejaban envejecer en un clóset. ¿Qué clase de amigo no se olvida jamás de enviarte tu regalo? ¿Qué clase de amigo te regala siempre la misma cosa, sin poderse imaginar que no la aprecias? ¿Qué clase de amigo ignora tan cabalmente tus gustos? Esa clase de amigo tenía y tiene un nombre, que yo entonces ni siquiera sospechaba: proveedor. Como en Don Proveedor Sánchez Garrido, para servirle.
Cada año, religiosamente, se iban acumulando las botellas de whisky cuya marca hace pensar, si es que la afición a esa marca no ha sido excesiva y todavía se puede pensar, en un equipo de balompié de Guadalajara. El rebaño etílico no se salía jamás de su corral de cartón, y así el mundo abstemio siguió su curso hasta que un día se extravió una oveja. La mujer de mi padre culpó a la muchacha, y la muchacha a la mujer de mi padre. Se otorgó la razón a la mujer de mi padre. Salud.
La oveja extraviada nunca apareció. Ni tampoco ninguna de las que el tiempo, implacablemente, dejó que se extraviaran.
Había algo raro en el alcohol, una contradicción que yo percibía y que alcanzaba a formularme con cierta claridad. Por un lado, beberlo era algo malo, un acto deplorable al que sólo se rebajaban los insensatos vástagos de otras familias. Los pobres, tenía entendido, los pobres no debían ganar más dinero porque lo único que harían sería malgastarlo en alcohol. Los ricos podían darse ese lujo, pero su calidad moral se deterioraba con cada copa. Para un Boullosa, consumir bebidas espirituosas habría sido impensable, como renunciar a la lengua o al calzado o a la frustración.
Por otro lado, había un nexo con lo sagrado que iba más allá del gusto de Nuestro Señor por las metáforas, las parábolas y la literatura. Lo había visto y no albergaba la menor duda: el señor cura bebía vino después de repartir hostias secas entre los feligreses: el Cuerpo de Cristo. Su Sangre estaba reservada sólo para el sacerdote.
Estas impresiones encontradas me conducían naturalmente a una pregunta maniquea. Para un niño, la vida es como un mal cuento o una buena telenovela: hay cosas buenas hechas por buenísimas personas, y cosas malas hechas por malísimas personas, y no hay nada en medio. Así que me preguntaba: ¿el vino era algo bueno, o algo malo? ¿Habría que prohibirlo, o promoverlo? ¿Nos contaminaba, o nos purificaba? ¿Nos condenaba, o nos salvaba?
El tiempo me daría la respuesta, en sangre y carne propias.
Mi primer empleo se lo debo al alcohol. Mi tío Gustavo ocupaba un cargo muy importante en una empresa norteamericana que producía licores, famosa por elaborar cierto ron de altura y porque el vodka está hecho de grano. Una de las cosas que más me asombraba de su trabajo, era que al parecer todas las mañanas se detenía camino de su oficina a probar, en vasos que estaban reservados sólo para él, el alcohol producido en la destilería. Abría una llavecita y una tubería muy fina le llenaba el vaso. Bebía con solemnidad, como si rindiera culto a un producto cuyo destino final estaría vinculado a las alegrías y desgracias de la sedienta humanidad.
Un vago aroma a hospital me rodeaba mientras ejecutaba las tareas propias de un niño que trabaja en sus vacaciones, manejando la fotocopiadora, contando etiquetas, llenando formas, aprendiendo a usar el torno, llevando documentos y estorbando un poco aquí y allá. La admiración que sentía por mi tío crecía al comprobar el hábil manejo de su agenda; sus saludables horarios, de mucho menos de ocho horas diarias, me permitían seguirlo y encariñarme con él. Todavía hoy lo admiro cuando afirma, con más humor que nostalgia: “Fui alcohólico mientras me pagaron por serlo; dejé el alcohol cuando tuve que empezar a pagar por él”.
Haciendo caso omiso de dos o tres vodkas que consumí en inocuas fiestas de adolescentes imberbes, y de algunos horripilantes encuentros cercanos del tercer tipo con vino blanco dizque del Rhin (más probablemente del aserrín), no volví a enfrentarme realmente con el alcohol sino muchos años después. Desde luego que al crecer tuve oportunidades de sobra para conocer toda suerte de borrachos, pero la cosa no se tornó seria hasta que mi hermana y mi cuñado me invitaron a trabajar con ellos en un pequeño teatro bar.
Teníamos como política no servir alcohol a personas ya demasiado alcoholizadas, no fuera a ser que al encender un cigarro ellas mismas ardieran como mechas bañadas en petróleo. Tampoco servíamos botellas a grupos menores de tres personas, aunque he sido testigo de cómo en grupos mucho más numerosos un sólo ebrio puede monopolizar el trago de una manera que haría sentir vergüenza a Bill Gates o a Carlos Slim (por lo de la práctica monopólica, se entiende). Desde luego, estas políticas hacían más por aliviar nuestra conciencia culposa que por evitar realmente que aquellos que quisieran beber estúpidamente lo hicieran. Era como realizar una y otra vez pruebas de campo con aquella ley desprendida de la de Murphy según la cual no hay nada a prueba de estúpidos, ya que éstos son muy ingeniosos. Tampoco creo que sea posible manejar un bar a prueba de bebedores estúpidos, ya que estos son muy abundantes. Más abundantes que ingeniosos, a decir verdad.
En el bar volví a encontrarme con una buena afinidad entre alcohol y sacerdocio: el cantinero debe escuchar a los parroquianos, nunca mejor dicho, como el pastor a sus ovejas. No sé si como sacerdote la impresión sea la misma, pero como cantinero puedo decir que la inmensa mayoría de las ovejas están descarriadas, al grado que uno se pregunta si habrá ovejas que no estén descarriadas o si es posible hablar, salvo en términos meramente hipotéticos, de la existencia misma de carriles o de caminos virtuosos o al menos correctos.
Debo a todos esos bebedores, desde los meramente ocasionales hasta los decididamente temulentos, ebrios o dipsómanos, mi primera y acaso última prosperidad económica. Para un joven mesero, tener algunos miles de pesos en propinas puede ser más fortuna que para un hombre casado y con hijos un salario de ejecutivo. No en vano mis colegas y yo cuidamos a tantos bebedores, escuchando sus necedades casi infinitas y ponderando sus breves aunque esporádicos relámpagos de lucidez abismal. No en vano limpiamos sus vasos, sus mesas, sus ceniceros y sus demás porquerías, comportándonos al respecto contra natura, pues lo lógico habría sido renunciar a los tres meses y no a los diez años, como yo lo hice. Tuve de santo no sólo la paciencia, sino el temor a los cielos que yo dirigía más vulgarmente al desempleo terrenal. Hablo de los años de las crisis constantes, que sólo podían empeorar y que de alguna manera cesaron o más bien se interrumpieron, dejando a tantos con una profunda nostalgia por todo lo que nos llevó a esas crisis en primer lugar. Recuerdo algo atroz: en los peores momentos del país, cuando el asesinato de Luis Donaldo Colosio o El Error de Diciembre, por ejemplo, la gente bebía más. Como si hubiera una necesidad de evadir la realidad, pese a que esa evasión no hiciera más que empeorarla. En fin.
Debo al alcohol lo que, de una forma meramente doméstica, podría llamar mi celebridad. Mi primer programa de televisión más o menos exitoso, desde luego en la escala reducida de mis posibilidades e intereses, fue La barra de letras. Yo había fracasado rotundamente con El gimnasio: texto, sudor y páginas, cuya idea central era la de meter a unos intelectuales en el menos intelectual de los escenarios posibles, un gimnasio de músculos, haciendo evidente que la idea del intelectual débil no pasa de ser tan sólo una caricatura. Después de todo, Platón era el apodo que se le daba a un chico extraordinariamente listo debido a sus enormes omóplatos, y no pocas escuelas e institutos de enseñanza de otras latitudes se llaman gimnasios. El caso es que, después de El gimnasio…, Enrique Strauss me dio la oportunidad de retomar mi antiguo oficio de cantinero y potenciarlo al máximo en La barra de letras, un pequeño bar televisivo, con invitados intelectuales que entre una copa de vino y otra, respondían las preguntas y comentarios de los televidentes. Ahí estaba yo, otra vez, abstemio casi radical, con un mandil y una botella de vino o tinta que servía generosamente en las copas de mis invitados, y mucho más parcamente en la mía propia, a veces llena en realidad de una jarabe para la tos o un indistinguible mosto, que un fabricante irrespetuoso vendía como “jugo de uva”. El emborrachador de inocentes en Coyoacán se convirtió en el emborrachador de intelectuales en Canal 22. Qué trayectoria tan humillante, pero alguien tenía que seguir ese camino: yo, el descarrilado. El oveja perdido.
Comencé citando un verso de Jorge Luis Borges: “una roja metáfora de la sangre de Cristo”. Cosa curiosa, los escritores que más han amado a la bebida, entregándose a ella sin vacilaciones, casi nunca han necesitado ensalzarla en sus escritos. Poe, Faulkner, Joyce, Hemingway, Capote, Dylan Thomas (“un alcohólico es alguien desagradable, que bebe tanto como tú”), por mencionar sólo a algunos anglosajones, dijeron pocas cosas memorables sobre el alcohol, aunque le hayan entregado la mitad o más de su cuerpo y de su vida. Acaso esté reservado sólo para los que bebemos con moderación, el elogio del vino, la cerveza, y la suma variopinta de los licores terrestres. Repitamos con Borges:

En tu cristal que vive nuestros ojos han visto
Una roja metáfora de la sangre de Cristo.
...
Vino del mutuo amor o la roja pelea,
Algún día te llamaré. Que así sea.

domingo, abril 20, 2008

La tina

La primera vez que vi llorar a mi padre
mi hermana y yo estábamos en la tina,
y él vino y nos dijo que su padre,
el enorme señor de rojas narices que nos llamaba
sus “gorriones”,
había muerto.

Recuerdo las manchas de óxido
en la porcelana, el áspero
paño para lavarnos que me gustaba ponerme en la cabeza,
y el fondo de la tina decorado con flores.
El agua que había estado caliente
de pronto se enfrió
en mis hombros.

Hundí mi cabeza para poder llorar yo misma,
bajo el agua, donde las lágrimas no cuentan
porque no pueden ser vistas
ni oídas.


Tanya Huntington

(Versión libre de PB)

martes, enero 08, 2008

Diario de lecturas

A todos los que me preguntan qué les recomiendo leer, les tengo una respuesta más sincera: en lugar de decirles qué leería si yo fuera ustedes, les voy a decir qué es lo que yo mismo leo (o como diría cierto personaje de Mafalda, "qué es lo que yo leería si yo fuera yo"). ¿No es bastante más cristiano esto de "no hacer a otros lo que no quieres que te hagan a ti"?

Diario de lecturas

Carta a Daniel Samper Pizano...

Daniel Samper Pizano, escritor, miembro de la Academia Colombiana de la Lengua, autor de novelas y libros de humor, antólogo de Quevedo. Le escribí a propósito de su libro Versos chuecos. Las mejores peores poesías de la lengua española, publicado por Aguilar en Colombia. (Alfaguara importó algunos ejemplares a México.)


Estimado Daniel,

Soy Pablo Boullosa, de México. En diciembre nos hiciste el inmenso favor de participar en nuestro programa de televisión. Te hice entonces una promesa, y bueno, lo prometido es deuda duda. No sé qué tan pertinentes sean estas dos notas bibliográficas y los versos que siguen: ¿serán suficientemente chuecos? ¿O estaré perdiendo el sentido del mal gusto?

1. El primero de los libros:

Very bad poetry

Edited by Kathryn Petras y Ross Petras (sobre estas petras edificaré mi iglesia)

Vintage books.

En este libro se encuentran joyas como Ode to the Mammoth Cheese, An elegy to a dissected puppy, My last tooth, On two soldiers killing one another for a groat, The science of geology, More care for the neck than for the intelect, Lines written for a friend on the death of his brother caused by a railway train running over him whilst he was in a state of inebriation, etc.

Dos ejemplos. El primero, de Francis Saltus Saltus:

A circus master speaks to the clowns

Come! show your jolly tricks, and be possessed
Like Devils with mad laugther!
What are you crying after?
Your child is dead?
Bah! Jump right in the ring.
A whinning clown forsooth's a silly thing.
Turn twenty hand-springs right away
Or else, by God! I'll stop your pay.


El segundo, de un tal Gordon Coogler:

How strange are dreams

How strange are dreams! I dreamed the other night
A dream that made me tremble,
Not with fear, but with a kind of strange reality;
My supper, though late, consisted of no cheese.

Very bad poetry se consigue sin problemas en Amazon.

2. El segundo de los libros que quiero recomendarte no trae muchos poemas pero su lectura, si exagero, podría decir que es casi tan regocijante como la de tus Versos chuecos (palabras claves de la frase anterior: exagero y casi).

Vituperio y algún elogio de la errata, de José Esteban. Editorial Renacimiento, España.

Lo busco en Casa del libro y encuentro una de esas cosas inteligentes que sólo puede hacer un cerebro electrónico: el sistema ofrece en oferta este libro y Errata, de George Steiner, como si naturalmente el lector de uno de estos títulos se fuera a interesar en el otro. Válgame. Eso sólo puede ocurrir antinaturalmente, como en mi caso.


3. Versos populares mexicanos alguna vez citados por Gabriel Zaid:

En un árbol de aguacate
me encontré un jabón Colgate:
— ¿Te quieres bañar con él?
— Nel.

— Alza la capa y escápate tú.


Colgate es una marca de jabón, muy común en México. "Nel" es la forma que usaban los chicos rebeldes de los 60's y 70's para decir "no". Zaid afirma que se trata de un muy buen poema. Sí, es bueno, pero ¿es chueco?

4. Dos poemas de Margarito Ledezma. Creo haberte comentado que este poeta se dedicó a escribir poesía con un gran sentido del humor desgraciadamente voluntario (no por nada firmaba sus libros como Humorista Involuntario).

Mis otros perros

Para todos los perros que he tenido
y para los que supongo que más tarde he de tener,
es para mí un verdadero placer
dedicarles este agradable corrido.

Porque el perro es el amigo del hombre
y de toda la humanidad,
y bien vale su cariñosa amistad
que de flores y versos el camino se le alfombre.

Porque si no nos preocupamos de su vida
y no tratamos de tenerlo grato,
nos puede dar un mal rato,
pegándonos una fuerte mordida
o arrancándonos la suela de un zapato.

Trátenlo, pues, con buena voluntad,
aunque le tengan algo de recelo,
y, sin dejar de alzarle pelo,
búsquenle una buena conformidad.

Y por eso a todos los perros amigos
gustoso les dedico esta merecida poesía,
pues es muy posible que se llegue algún día
en que todos seamos valiosos testigos.
¿Testigos de qué? — ¡Pues de qué ha de ser!
De todas las cosas que puedan suceder.

Nota. — Ni de chanza llegué yo a pensar que me fuera a salir tan bonito este Cantar de Perros. Si lo he sabido mejor le pongo Cantar de otra cosa. Aunque, pensándolo bien, el perro es un animal muy inteligente y agradecido, que yo creo que sólo le faltó un grado para ser gente, y está bien ponerlo en letras de molde. Lo que sí no me gustó nadita fue que la persona que me hizo el favor de corregirme esta bonita poesía tuvo la bondad de quitarle un perro pinto, un amamellado y otro color ceniza que yo le había puesto, porque esos son los perros que me acuerdo de haber tenido en mi vida, aparte de otros que no me acuerdo; pero la persona, creyendo que yo no la oía, dijo que ya eran muchos perros y que con los tres que dejó era más que bastante, y hasta me parece que todavía le parecieron muchos, según la cara que hizo. Yo tuve que aguantarme por no tener una diferencia con tan bondadosa persona; pero siempre no dejé de sentir algo feo. Aunque, por otra parte, puede que hasta bien haya salido. A ver si así escarmiento y se me quita la maña. ¡Quien me lo manda por andar de ofrecido, dando a corregir mis poesías! De repente hasta se me afigura que me cuadra más como yo las hago. Pero, siempre quién sabe, puede que mejor convenga pensarlo bien y no hacer las cosas al aventón y a lo que salgan, porque después andamos con los arrepentimientos y las dispensas.

(Ojo, Daniel: la nota anterior es desde luego del propio Margarito Ledesma, que solía comentar sus poemas para construir un retrato más divertido del inspirado bardo.)

O tempora! O mores!

También este letrero es consejo de don Nacho el de la Botica.


No sé por qué será, pero estoy viendo
que las novias se están despercudiendo
y no platican ya por el balcón;
sino que, sin decir ni agua va,
ni tampoco avisarle a su mamá,
se van con el novio al Estación
y allí platican sin interrupción
hasta que oyen que suena la oración

de la noche.

Tampoco sé por qué, pero he notado
que las viejas y jóvenes han dado
en andar chupe y chupe sin parar,
y que traen el cigarro entre los dedos
y, al estar platicando sus enredos,
no dejan ni un momento de chupar,
ni tampoco dejan de murmurar;
sino que todo es hablar y hablar

de la gente.

Tampoco hallo por qué, pero yo he oído
que en vez de aquel tan agradable ruido
que en las noches había en la población,
pues tocaban guitarras, bandolinas
y pianos y bandurrias y ocarinas
y a veces hasta un dulce bandolón;
sólo se oyen los gritos destemplados
de esos roncos fonógrafos rayados
que gritan cual furiosos condenados,

sin parar.

Tampoco hallo el motivo de otras cosas
muy extrañas, muy raras y curiosas
que veo, que noto y oigo en el lugar,
que me hacen ver que todo está cambiando,
que poco a poco vamos caminando
sin saber dónde iremos a parar
si en el la orilla de algún profundo mar
o en algún apestoso muladar

o dónde.

Nota. — Mucho les recomiendo se fijen en los estrangotes.
Otra. — La verdad, ya no me están cuadrando muchote los consejos y las ayudadas de don Nacho el de la Botica, pues, además de que es muy mandón, como si el libro fuera suyo, mucho me estoy recelando que los letreros que me aconseja no estén bien, pues el otro día unos muchachos me gritaron desde detrás de una esquina: "¡Adiós, Becleriano! ¿Dónde dejaste el Gloria Munde?"

Nota del editor. — Me permito recordar a los lectores que, entre las composiciones de esta obra, hay una que lleva el título de Becqueriana y otra el de Sic transit gloria mundi, sugeridos ambos por don Nacho. Seguramente que a ellas se refiere el señor Ledesma en la nota anterior.

Los libros de Margarito Ledesma, desgraciadamente, no se consiguen ya en ninguna parte. Yo encontré un ejemplar de sus Poesías, publicado en 1952, en una librería de viejo.

Quizá nada, Daniel, de este larguísimo correo electrónico te será útil para una nueva edición de tus Versos chuecos. Pero tengo la certeza de que al menos algunas frases te habrán parecido divertidas.

Te mando un abrazo y mis mejores deseos para ti y para Pilar,

Cordialmente,
o dónde,

Pablo Boullosa

domingo, febrero 04, 2007

El pedagogo


El siguiente poema, traducido por Octavio Paz, es de un poeta hindú cuyo nombre no conocemos; fue escrito entre los siglos VIII y XI y recogido en una antología del mismo siglo XI. Muchos siglos han pasado pero ilustra estupendamente los problemas de que ha tratado este blog los últimos días.

No llevo cadenas
doradas como la luna de otoño;
no conozco el sabor de los labios
de una muchacha tierna y tímida;
no gané, con la espada o la pluma,
fama en las galerías del tiempo:
gasté mi vida en ruinosos colegios
enseñando a muchachos díscolos y traviesos.

lunes, enero 22, 2007

El Albatros

Hace unos días los periódicos dieron la noticia del cierre del Albatros (http://www.eluniversal.com.mx/ciudad/81731.html).



Estudié en el Centro Educativo Albatros durante seis años, de cuarto de primaria a tercero de secundaria. Fui un buen alumno, inclusive sobresaliente: creo que ningún otro deseaba tanto como yo la aprobación de sus maestras.


Desde que entré al Albatros mi sensación fue constantemente de zozobra: me sentía rodeado de personas ricas, hermosas, soberbias y poderosas, capaces de destruirme sólo por capricho, arruinar a mi familia, golpearme, ridiculizarme. Mis buenas calificaciones no eran más que un frágil escudo contra un ambiente que yo imaginaba más hostil de lo que en realidad debió haber sido.


Mi padre se quejaba amargamente del altísimo costo de las colegiaturas. (¿Por qué entonces no me enviaba a una escuela más barata?, pensaba yo, incapaz de comprender su dimensión sacrificada.) Todos mis compañeros vestían mejor, eran más blancos y más alegres, tenían juguetes más interesantes y sofisticados, y les bastaba con pasar sus materias para que los premiaran con viajes a Disneylandia o a Miami. Sus padres eran empresarios y políticos, o sencillamente herederos de empresarios y políticos. El mío era un débil y nervioso empleado. Me sentía miserable, e intentaba sobrevivir en aquel ambiente obteniendo las mejores calificaciones. En dos o tres ocasiones sufrí estallidos de rabia, más o menos alarmantes, meros chispazos de la frustración y la impotencia.


El Albatros prosperaba en aquella época. Las instalaciones se ampliaban y modernizaban. Los automóviles se estorbaban al entrar y al salir, y los alumnos abarrotábamos no solamente los salones, sino los amplios jardines a la hora del recreo, la cancha de futbol durante los campeonatos, las canchas de basquetbol y de voleibol y la pista de atletismo a la hora de deportes. La escuela era un hormiguero (si bien el único que creía sentirse una hormiga era yo, los demás lo parecían considerados en conjunto y a lo lejos) y recuerdo el olor a pipí en los baños de la Sección Maternal, el sudor de mis compañeros al regreso de los descansos, y los perfumes exagerados y maravillosos de las jóvenes mayores que ingresaban apenas a la Universidad del Nuevo Mundo.


Algunos eran aún más ricos y poderosos que el resto: los influyentes. Por ejemplo, una muchacha (claro que llamarla así habría sido como escupir en la hostia: sólo las mujeres pobres podían ser “muchachas”, y las muchachas ricas no eran muchachas sino “niñas”), es decir, una “niña” muy atractiva de la preparatoria se hizo novia del hijo de Durazo, el temible jefe de la policía del Distrito Federal. El novio iba a buscarla algunas veces, manejando una motocicleta o un auto deportivo, rodeado de varios otros automóviles con guaruras. El tránsito se colapsaba para abrirles paso, y los papás de los demás alumnos se quejaban amarga pero privadamente, porque en aquel entonces nadie se atrevía a protestar, y los periódicos eran tan censurados y aburridos que la gente que discutía de política sólo abordaba temas internacionales. Algo ha cambiado nuestro país en veintitantos años.


En el Albatros tomé un par de talleres inusitados: esgrima y mecanografía. Recuerdo bien el peso del florete sobre mi mano, y alguna frase en francés, al parecer la lengua oficial de la disciplina (y de los tres mosqueteros). Y también recuerdo a mi maestra de mecanografía, una de las pocas maestras de la escuela que no era precisamente joven, cuyos zapatos de tacón se hundían en el jardín y pedía siempre el apoyo de algún hombre para atravesarlo y llegar al saloncito donde los maestros tomaban café y se quejaban de nosotros. Los ejercicios mecanográficos a que nos sometía (aja, eje, aja; ropa alto puso tapo atar dedo kilo tipo tiña rata peña seña ropa) eran más relevantes que algunos de los poemas que he leído en los últimos años.


Ya dije que me esforzaba enormemente por agradar al lado digamos maternal de mis maestras. Pero recibí también lecciones estupendas de literatura (me dio clases Marcela Fuentes Beráin), y pateé el balón tantas veces que estoy seguro de haberme sentido dichoso durante muchos momentos. Y jamás olvidaré ni mis primeros cuadernos de la escuela, a los que debíamos hacer el margen con una regla y una pluma roja, ni la sonrisa de mi maestra de Matemáticas en cuarto de primaria, que me hizo resolver todo tipo de quebrados y operaciones con punto decimal, al grado de que hoy mismo puedo sumar 8/32 + 21/6 con rapidez (= 3 3/4). Y cuando ya tenía quince años, seis años después, la directora de Secundaria, María Luisa si no recuerdo mal su nombre, tuvo la sensibilidad como para hacerme entender cordialmente que mi futuro no estaba necesariamente en el Albatros.


El director se llamaba Guillermo Amat y todos, inclusive los más amenazantes alumnos, le temíamos y le admirábamos (en ese orden). Sólo una vez, por casualidad, me dirigió unas palabras que me parecieron afectuosas y me hicieron dudar de su reputación implacable. Supongo que era una cosa buena que los alumnos tuviéramos, si no temor de Dios, por lo menos sí miedito del director de la escuela.


Yo venía de una escuela vulgarmente hipócrita y confesional. En Albatros no había clases de catecismo y muchos de mis compañeros eran judíos. Pero había por ahí un sacerdote español gordito y dizque simpático, que de vez en cuando nos dirigía unas palabras, menos impactantes que las de la doctora que nos dio dos o tres clases de educación sexual. En una de estas clases que más bien deberían llamarse de higiene sexual (pues si nuestra actividad sexual dependiera de las clases, no dominaríamos hoy el planeta), un compañero no pudo resistir la brutalidad de la información y devolvió el estómago: todos nos reímos de él, aunque admitíamos que había algo ligeramente asqueroso en el asunto. El mismo compañero tenía mala suerte: otro, de origen alemán, le rompió los dientes con un borrador, objeto que había lanzado con la intención de pegar en otro blanco, menos frágil y más afortunado.


Unas palabras sobre el sacerdote. Un día nos reunió en un salón para decirnos que él comprendía perfectamente la situación por la que pasábamos los alumnos de segundo de secundaria, nuestras mayores preocupaciones y nuestros pensamientos más íntimos. Creí que también nos hablaría sobre el sexo, en especial sobre el sexo opuesto, porque francamente no hay otra cosa que a uno le preocupe más a esa edad, pero resultó que el pobre cura creía que la causa de nuestros sufrimientos era la duda tenaz respecto a que si nuestros padres eran auténticos o bien éramos fruto de una secreta adopción. Salvo el pobre cura, que seguramente dudaba sobre si su Padre en los Cielos lo era o no, no creo que ninguno de nosotros tuviera semejante tipo de preocupaciones. A mí, que sufría de acné (todavía lo sufro, a mi proterva edad), me preocupaba mucho más conocer la relación exacta entre la piel y la masturbación, por poner una de un millón de dudas más profundas y más graves. La idea de no ser hijo de mi padre, surgida por primera vez del extraño discurso del sacerdote, conserva aún hoy su malsano atractivo.


Tendría que decir muchas cosas más acerca de Dulce, q.e.p.d., de Roxana, Myriam, Elena, Beatriz, y algunos otros detalles, menos intensos y significativos, acerca de Adrián, Gabriel, Jorge, y varios más. Mis recuerdos llenarían páginas y páginas pero hay que hacer un esfuerzo sintético. Pese a lo que he dicho hasta ahora, guardo un buen recuerdo de aquel Albatros, ingenuo y acaudalado.


Así que cuando hace dos o tres años una joven maestra se puso en contacto conmigo y me pidió que fuera a hablarles a los muchachos de preparatoria acerca de las virtudes de la lectura, accedí de buena gana, aunque me dijo que no podían pagarme, dispuesto a ejercer deliciosamente la nostalgia.


Cuando visité la escuela, todo me pareció más pequeño, como era previsible, y no me costó ningún trabajo recordar multitud de espacios y acontecimientos. Los pasillos, los árboles crecidos, los hórreos (llamados así por su semejanza con los edificios de madera usados como graneros en Cantabria y otros lugares), el pequeño puente sobre lo que entonces era un riachuelo y hoy es solamente un camino de cemento, el jardín donde por primera vez declaré mi infatuación a una chica, suficientemente lista como para rechazarme, etcétera. Pero lo que más me impactó fue ver tan poquitos alumnos y tan poca vida, y tantos espacios vacíos y abandonados. Había salones y salones que atestiguaban la decadencia, con las bancas sobre las mesas en una espera que ya parecía inútil, y muchos solamente servían para que se colgaran de sus ventanas circulares y calificaciones… Si el Albatros fuera considerado el modelo típico poblacional, los mexicanos nos extinguiríamos dentro de poco tiempo, le dije a mi mujer, que me acompañaba y que silenciosamente me reprochaba haberle exagerado las grandezas mundanas de la escuela. Mobiliario destartalado, paredes mal pintadas y pisos en mal estado, no dejaban lugar a dudas: ya no eran las instalaciones de lujo de mi infancia. ¿Qué había pasado? Alguien nos comentó que Amat había muerto y que su mujer dirigía la escuela, presas ambas, la escuela y la viuda, de la depresión. Mi ejercicio de nostalgia se convirtió en una experiencia más bien desagradable; el auditorio donde iba a dar mi plática también estaba semidesierto, y faltaba esa energía desordenada pero vital que aquel espacio tenía cuando yo era un niño. Además, me sentí triste y creí que no tenía absolutamente nada que decirles a los pocos muchachos que se presentaron a mi plática, en cuyos rostros no supe ver ni a mis desafiantes compañeros de infancia, ni a los depositarios de un futuro mejor, ni descifrar qué teníamos en común aparte del crepúsculo de aquel membrete: Centro Educativo Albatros.


Pero ni aún así me imaginé lo que iba a pasar dos o tres años más adelante: el cierre de la escuela, los alumnos tomando clases en las banquetas, como lo han hecho los de la UNAM o los de escuelas públicas cuando la necesidad los ha orillado a hacerlo, el hijo de Guillermo Amat señalado por fraude. Sé que es más fácil enseñar a los hijos de otros que a los hijos de uno mismo, y puedo entender que Amat hijo no haya sido el mejor alumno de su padre, pero aún así creo que se necesitan mucha incapacidad o mucha mala suerte o mucho odio para destruir completamente lo edificado por Guillermo Amat.


Al crecer comprendí que yo no era el único niño débil y desamparado de aquel Albatros. Pero no imaginé jamás que uno de los niños más privilegiados de la escuela (el hijo del mismísimo director) pudiera haber sido también uno de los más desamparados. Digo esto y recuerdo ciertos lemas de aquellos años: “En Albatros no hay castigos”, “En Albatros no hay mentiras”. La noticia del cierre de la escuela también es triste porque hoy los castigos y las mentiras pueden cantar, una vez más, victoria: lo que ya no hay es Albatros.


lunes, agosto 28, 2006

La letra h en la torre de Marfil


Posar desnudo: helarte por el arte.
Y así con frío, escribir un poema: el arte por helarte.

Marcial, 2006 a.D.

No nos olvidemos de Marcial, nuestro contemporáneo nacido hace unos dos mil años, en lo que hoy es España y entonces era una provincia romana. Marcial siempre tiene un comentario pertinente y de actualidad.


LIBRO III, 14.

Atraída por la cercanía y los bajos salarios,
Starveling Inc. quiso mudarse a México.
Se enteraron entonces
del costo escondido de la corrupción
y la inseguridad.
Se detuvieron antes de llegar a Tijuana,
en un lugar más próximo
llamado Nanjing.


LIBRO III, 10.

[Bajo el Apartado B, lo que casi nadie ve.]

El Estado te ofreció prestaciones superiores,
mejores salarios,
más vacaciones,
y por si fuera poco,
una temprana pensión vitalicia.
Y te ha pagado todo puntualmente
bajo los gobiernos del PRI y del PAN,
mientras la penuria del mañana
nos pisa siempre los talones,
y tus gastos y marchas extravagantes
necesitan todos los días del presupuesto.

La Constitución de 1917
dice que tienes todos los derechos
y se olvidó casi por completo
de tus obligaciones.

Cuando se colapse, sabrás esto:
al concederte tanto, el Estado,
tu patrón, tu padre,
te está desheredando.


Libro VIII, 19

Amlo quiere hacerse pasar por un hombre pobre.
Y es, en efecto, un pobre hombre.

martes, julio 04, 2006

Pregunta

No me gusta que los artículos que he escrito en mi computadora, usando Word, pierdan la corrección de sus párrafos cuando los paso aquí, al blog. Simplemente copio y pego mi artículo en la ventana que me ofrece blogger, pero por alguna razón mis párrafos se desarreglan (es decir, ganan o pierden sangrías, espacios, etc.). Si luego intento corregir sus imperfecciones, pierdo el tipo de fuente utilizada y algo más grave, mi tiempo, porque nunca logro obtener muy feliz resultado. ¿Alguien me puede sugerir qué hacer para que mis párrafos se copien con mayor fidelidad?

Gracias.

El reto de la Biblioteca José Vasconcelos

El siguiente artículo, sin duda demasiado largo, me lo solicitó hace uno o dos meses Carlos Castillo, editor de la revista Bien común.



Se ha dicho que toda biblioteca es un proyecto de lectura y una promesa de felicidad, y la recientemente inaugurada Biblioteca José Vasconcelos, el proyecto cultural más ambicioso de los últimos seis años, es precisamente esto: una promesa que se extiende hacia el futuro, y una posibilidad abierta. A petición de los editores de esta revista, esbozo aquí las primeras ideas que acuden a mi mente con motivo de su reciente inauguración.
El aspecto más notorio de la nueva Biblioteca es, sin duda, el monumental: se trata de un hermoso edificio, que hace justicia a la definición que otros han dado a lo que es la buena arquitectura: música congelada. La obra de Alberto Kalach evoca, siguiendo está metáfora, la música de Sibelius, en su carácter mercurial y estático. (Habrá que esperar a que se preste más atención a la propuesta de Kalach y de otros urbanistas de traer de regreso el agua al paisaje del centro de la ciudad de México.) Si la ballena de tragó a Jonás, la Biblioteca se tragó a la ballena: algunos no entendemos por qué, y celebramos que el nuevo Orozco nos haya vuelto a tomar el pelo, pero otros, más entendidos en plásticas materias, tendrán cosas muy inteligentes que decir al respecto. O eso quiero creer.
La médula de una Biblioteca está y debe estar en los libros; y más que en los libros, en el acto de la lectura; y más que en la lectura, en la transmisión del espíritu. Este es el reto, y no solamente el de haber levantado un edificio, o el de haber peleado un presupuesto, o el de haber realizado un concurso internacional transparente, cosas todas ellas loables y difíciles y al alcance de una buena labor de gobierno. Lo que no me queda muy claro es qué tanto están al alcance de un gobierno la modificación de una cultura y la invención de un hábito. Porque al final, en un país de no lectores como el nuestro, de eso debería tratarse: de modificar una manera de ser. (Ya he escrito en varias ocasiones acerca del peligro que tiene definir la cultura como un fenómeno antropológico [lo que se “es”], y no como un instrumento de cambio y liberación, por lo que no quiero aquí repetirme. Pero es importante que entendamos que esta biblioteca debe encarnar precisamente una oferta de cambio, y no la defensa de una supuesta identidad.)

Me adelanto y creo que es mejor que vayamos por partes: ya hablamos del edificio, así que abordemos ahora el tema de los libros, considerados como objetos físicos.

Editores y lectores reconocemos que el gobierno de Fox hizo cambios muy importantes en sus políticas de adquisición de libros, y que programas como el de las bibliotecas de aula hay contribuido enormemente a acercar los libros a los niños, e impulsaron a la industria editorial. Pero ahora hay que trabajar casi en contra de los editores para construir el acervo de la Vasconcelos, como pretendo explicar a continuación.

Un amigo visitó la biblioteca de la Universidad de Harvard y tuvo curiosidad por saber cuál era la política de adquisiciones, cuál era el criterio para elegir qué libro comprar y qué libro no comprar. Le dieron esta contundente respuesta: “Compramos todo libro que se publique, al menos en inglés”. Poseían un catálogo, hasta hace unos años, de más de 15 millones de títulos distintos. La Vasconcelos espera llegar a los 500 mil ejemplares. La Biblioteca del Congreso, que sería lo más cercano que hay en EU a una biblioteca nacional, tiene un catálogo de más de 29 millones de títulos, sin contar ediciones del gobierno, publicaciones periódicas, manuscritos y, why not, una Biblia de Gutenberg.

¿Cuál debería ser el entramado de libros de la Vasconcelos? ¿Debe atender las necesidades actuales de los habitantes de la zona norte del DF? ¿Cómo va a atender a las necesidades de todo el país, actuales y futuras? ¿Cómo puede ayudar, precisamente, a que esas necesidades cambien, se redefinan, se incrementen? (Sí, se incrementen, pues a un mal lector le bastan un par de libros al año, pero un buen lector necesita decenas en el mismo lapso.)

Pongámoslo así: ¿de qué se trata una biblioteca? Además de aquella promesa de felicidad que mencionamos al principio — y que, seamos francos, más bien se inventó para las bibliotecas privadas — debería tratarse de una cosa simple: poner al alcance de cualquier persona la mayor cantidad y calidad de conocimiento. Así de simple y así de democrático debería ser el asunto. Pero, al igual que la democracia, esto no depende únicamente de instituciones y de fierros, sino de la participación activa de las personas. ¿De cuántas personas? ¿Cuántas personas son necesarias para justificar esta inversión? (Aún considerando la cifra oficial de 12,000 usuarios por día, al dividir la cantidad de dinero que costó esta obra entre ellos, la cifra puede parecernos ilógica [83 mil pesos por usuario, suponiendo que siempre sean los mismos 12 mil]. O dividiéndola entre los 500 mil libros [más de 2 mil pesos]. Y cabe preguntarse si 500 mil libros serán suficientes para 12,000 lectores diarios [20 títulos por usuario, considerando dos ejemplares por título].) ¿Tiene sentido una biblioteca tan ambiciosa como la José Vasconcelos si la inmensa mayoría de la gente solamente está interesada en leer El código da Vinci, o peor todavía, el TV Notas?

Creo que la respuesta es sí, y resulta curiosa la reflexión democrática que se sigue de esto. Una democracia no se acota siempre a la voluntad de la mayoría; el ejemplo clásico que se cita es el del gobierno antidemocrático que, reflejando un parecer de la mayoría de la población, castiga o discrimina a una minoría (negros, judíos, chinos, ¡ricos!, etc.) No hay que olvidar que uno de los derechos democráticos más esenciales, y que es necesario que los gobiernos respeten independientemente del parecer de la mayoría, es el derecho a ver y a decir lo que los demás no quieren ver ni oír. Lo que yo llamo el derecho a la rareza.

Una biblioteca pública es una institución democrática en este sentido: no se trata de que ponga al alcance de todos lo que la mayoría de la gente quiere leer — para eso están las librerías — sino al contrario: pone al alcance de cualquiera lo que la mayoría de la gente no quiere leer. Justamente es esto lo que reivindica: el derecho democrático a constituirse en minoría, en élite, en rareza. Por eso las bibliotecas públicas de los países más democráticos del mundo, solamente tienen uno o dos ejemplares de cada título: no están para acomodarse al gusto lector de las mayorías, sino para saciar la curiosidad de los raros. Las librerías, en cambio, tienen que amoldarse mucho más al gusto popular: por eso en ellas hay muchos ejemplares de los libros con mayor demanda, y pocos o ninguno de los de menor demanda. Una biblioteca, precisamente para ser democrática, no puede limitarse a los gustos de la mayoría.

Las grandes bibliotecas del mundo no están llenas de ejemplares del Código da Vinci porque no están hechas para satisfacer el gusto de la gente, sino para defender el derecho de cualquier persona a interesarse por lo que le dé la gana, sea o no sea una excentricidad, pero particularmente si lo es. (Tampoco hay que confundir a la biblioteca con una espece de Conasupo de libros, que ofrece gratis lo que en otras partes cuesta.)

Acabamos de celebrar el centenario de la publicación de los trabajos de Albert Einstein que acabarían cimbrando al mundo científico del siglo XX. Me gusta imaginármelo en aquellos años, lejos del ámbito académico, cuando trabajaba como un oscuro burócrata en la oficina suiza de patentes. ¿De dónde se alimentaba un sujeto así para recomponer las bases de la ciencia contemporánea? De una biblioteca pública. Ese hombre más o menos común, más o menos raro, al margen de los cenáculos del poder universitario, podía alimentarse de los libros y publicaciones que estaban finalmente al alcance de cualquier persona. Así de grande puede ser el poder de una biblioteca pública; no hay que conformarse con menos.

La Biblioteca Vasconcelos debe convertirse, pues, en un instrumento democrático y poderoso en este sentido. Supongo que será tomada muy rápidamente por los muchachos que no tienen dónde hacer su tarea de secundaria (un drama social que no hay que desdeñar), pero debe aspirar sobre todo a convertirse en una fábrica de excentricidades intelectuales. Ya veremos. (Uno de los riesgos ciertos que corre, es el de que su propia burocracia, sus empleados gubernamentales, terminen por asfixiarla. Ojalá que su vecindad con la antigua estación de ferrocarriles — los ferrocarriles que se descarrilaron por culpa de su sindicato y de los políticos con miras “patrióticas”— sirva como lección preventiva.)

No sé qué tanto la Vasconcelos se podrá beneficiar de la Ley de Depósito Legal, que obliga a los editores a entregar dos ejemplares de cada obra que publiquen, tanto a la Biblioteca Nacional como a la Biblioteca del Congreso (yo mismo ni siquiera sabía que ésta última existiera, hasta que busqué y leí esta ley, dicho sea de paso). Me imagino que su aplicación debe ser desastrosa (lo era hasta hace unos años, y me temo que no haya cambiado mucho): los libros no se entregaban, o se entregaban pero eran robados, o se entregaban pero tardaban más de diez años en clasificarlos, o se clasificaban pero de todas formas no estaban. El hecho es que, independientemente de que pueda o no beneficiarse de dicha ley, estoy seguro de que la Biblioteca tiene que superar muchos problemas para construir su acervo. Dos cosas rápidas: no basta con los libros editados en México. Se necesita importar libros de España y Sudamérica. Ni siquiera basta con libros y publicaciones en español: también se necesitan en inglés, por lo menos. Siguiente: hay que comprar los clásicos que nadie quiere leer, pero cuya lectura puede cambiar a sus lectores: ¿no era esa, por cierto, una idea del propio José Vasconcelos? No quiero imaginarme una biblioteca que ostente su nombre y carezca de los clásicos griegos y latinos por los que tanto peleó nuestro prohombre. Hago votos para que la biblioteca se haga de un acervo valioso en este sentido, y tan múltiple y tan ilimitado como lo han sido los afanes más nobles de los hombres de todos los tiempos.

Digamos algunas palabras, finalmente, sobre el acto mismo de leer: es la frontera última, hacia la que se dirigen las mejores intenciones, situada más allá de las instalaciones y de los libros considerados como objetos físicos. Es, desgraciadamente, la más difícil de alcanzar. Un buen gobierno puede facilitar la lectura, pero no puede obligar a ella. Por eso la tarea final no es del gobierno, sino de toda la sociedad. Nos hace falta un cambio social de mentalidad, que consiste, en principio, en abrirnos a la posibilidad de dicho cambio, y que revalore a la lectura como un instrumento de superación.

No soy muy optimista: creo que somos un pueblo demasiado vuelto hacia sí mismo, conformista y muchas veces incluso fatalista. Nos interesa muy poco lo que no tenga que ver con nosotros. Y leer, precisamente, pasa por un grado de inconformidad con la vida, y por una dosis mayor de curiosidad. Nos falta aprender a ser rebeldes, en el buen sentido de la palabra; nos falta también salir de nosotros mismos y entregarnos a los demás y al mundo.

Ni siquiera estamos de acuerdo en las causas por las que no leemos. El presidente de la Cámara de diputados, el Lic. Heliodoro Díaz, sostiene por ejemplo que las bibliotecas “son recintos necesarios, ya que la mayoría de la gente carece de un acervo significativo en sus hogares, cosa que en realidad no es por falta de interés, sino debido al costo de los libros que no siempre son de lo más económico o accesible.” Con él estuvieron de acuerdo la mayoría de los diputados. Yo creo que es una visión sumamente hipócrita: si no leemos, es porque no queremos hacerlo. Pero la tesis de que no leemos porque los libros son caros me la encuentro en todas partes; recuerdo por ejemplo que cuando era gerente de un bar, y vendía cervezas de 20 pesos, los clientes a veces se quejaban del alto costo de los libros. Es decir, podían gastar cientos o miles de pesos al mes en cervezas, pero les parecía escandaloso que un libro costara doscientos pesos. La clase media, que todos los días vota con su dinero — es decir, elige en qué y cómo y cuánto gastarlo — decide que los libros son caros, pero que la ropa, los servicios, la gasolina, etc., no lo son tanto: por eso no leen, pero siguen comprando todo lo demás. Y si ese es el ejemplo que damos a los niños y a los más desfavorecidos, no veo cómo van a entender entre otras cosas que si la educación parece cara, la ignorancia a largo plazo cuesta mucho más.

Sí, no soy muy optimista respecto al panorama de la lectura en nuestro país. Creo que el gobierno está haciendo su parte al poner la mesa, pero para disfrutar del banquete de la lectura, nadie nos va a poner una lavativa ni suero intravenoso: es sólo nuestra decisión última leer o no leer. He ahí el dilema.